La gente grita en las cafeterías, elige periódicos en los que ya sabe qué es lo que se va a encontrar, se rodea de correligionarios entre sus amigos y compañeros de trabajo… hablamos de la “crispación política”. La moderación intelectual se ha revelado como un valor en franco retroceso. Pocos son hoy quienes piensan en disentir, todo es brutal y único, visceral y absoluto. El sectarismo es un peligro que todos deberíamos tomar muy en serio.
Dice el diccionario de la Academia, que sectarismo es el celo propio de un sectario, y que tal adjetivo bien puede emplearse para designar a los secuaces, fanáticos e intransigentes de un partido o de una idea. O lo que es lo mismo: sectarismo es el apego irracional por las ideas de otro. Algo que debería preocuparnos.
Más allá de definiciones abstractas, el sectarismo es un problema real y tangible, al que todos sin excepción deberíamos hacer frente, en primer lugar, aceptando que su existencia no es patrimonio exclusivo de los demás; y segundo, sensibilizándonos sobre el alcance y capacidad de daño que el fenómeno de la obstinación puede llegar a provocar.
Bien es cierto que en tiempos de confusión, conviene tener algunas ideas claras, ideas esenciales, como el respeto a la vida, a la cultura, a la diversidad… pero también es un hecho que existe una diferencia muy importante entre la gozar de cierta seguridad ideológica y ser un individuo de “ideas fijas”. Como en todo, la clave está en el equilibrio, en aprender a valorar una serie de matices que no siempre es fácil conocer de antemano. En resumidas cuentas, hablamos de tolerancia y empatía, hablamos de valores como la concordia y la fraternidad.
