Pero volvamos a nuestro piloto imaginario… en el supuesto de que una persona como la descrita en el primer párrafo llamara «la máquina perfecta» a un cazabombardero, es decir, a un aparato que solo sirve para asesinar, haciendo imposible conocer con exactitud a quien se asesina, otorgando la capacidad de asesinar de noche y a distancia, procurando la mayor seguridad para el asesino y excluyendo toda posibilidad de que las víctimas puedan defenderse… ¿qué podríamos responder a tan macabra declaración?

¿Cambiaría nuestra opinión si la persona que hiciera semejantes declaraciones fuera un médico o una abogada, un político vasco o una voluntaria de la Misión Sucre, un estudiante nipón o un programador neoyorquino, una ingeniera química o un príncipe heredero? ¿Qué importancia tendría quién fuera o a qué se dedicara el onanista del fetichismo bélico? ¿Qué son, cazabombarderos humanitarios? ¿Eurofighters de «consenso», «unidad y permanencia»?

Por suerte, cada día que pasa, más y más personas se dan cuenta de que «la máquina perfecta», la verdadera máquina perfecta, es en realidad muy simple en su estructura y funcionamiento: todo se reduce a seis pequeñas placas de plástico transparente, unidas entre sí y cerradas con un precinto, más una ranura en la parte superior, por donde la ciudadanía introduce los sobres que contienen cada fracción proporcional, secreta, libre y universal del único poder legítimo que uno sea capaz de imaginar.

¡Salud y República!