Tampoco pretendo hacer de esto una mera exposición secuencial de hitos y fechas, como si de una lección de Historia se tratara. Creo que para ello ya existen abundantes y más precisas fuentes de información, y además, con toda seguridad, no soy la persona más idónea para impartir un acto de esas características.

Lo que hoy me gustaría hacer, es glosar sobre algunos de los avances más importantes que supuso el período republicano. Un período que, a pesar de comprender poco más de un lustro, habría de dejar una honda huella en la conformación constitucional de los Estados Sociales, Democráticos y de Derecho de la Europa que hoy conocemos.

Democracia plena

Quizá por demasiado evidente, muchas veces se nos olvida remarcarlo, pero, sin duda, el avance político más relevante que supuso el advenimiento de la Segunda República Española, fue, precisamente, la abolición de la monarquía, o lo que es lo mismo (según rezaban algunos de los titulares de los mayores periódicos de ámbito nacional): la emancipación del pueblo.

Hablamos del principio de elección y movilidad de todos los cargos públicos del Estado, incluida la Jefatura del Estado.

En efecto, la primera consecuencia de la República es la conversión de los súbditos en ciudadanos, y lo que es más: de las súbditas en ciudadanas, iguales en dignidad y derechos, sin que prevalezca distinción alguna por motivos de: raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Con la llegada de la República, todos los cargos públicos de responsabilidad política se convirtieron en electos, sin que nadie pudiera arrogarse la posesión vitalicia de escaños senatoriales --por causa automática--, inherente a la 'nobleza' de su apellido.

Asimismo, se abolió la figura del monarca, expresión suprema de la desigualdad entre los seres humanos. Con ello, además de frenar en seco la suntuosidad insultante de una familia de extranjeros, incapaces, violentos, traidores, avaros e inmorales, además de todo ello, se dignificó la más alta magistratura del Estado, sometiéndola al imperio de la Ley y a periódica elección en las urnas, mediante elecciones libres, iguales, multipartidistas y auténticas.

Porque al fin y al cabo, decir República es decir democracia, porque la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público, y sólo en República esa voluntad es plenamente respetada, sin falsas tutelas que avergüencen la razón.

Yendo a lo concreto: durante la República, bastaban las firmas del Presidente de las Cortes y del Presidente de la República para sancionar las nuevas leyes y así hacer que éstas entraran en vigor, sin que fuera necesario, pongamos por caso, lo que ocurre hoy, aquí, en pleno 2010: donde nuestras Leyes llevan la firma de un soldado no-electo, vitalicio, hereditario, irrevocable, con financiación opaca, penalmente inviolable y designado por un dictador golpista en julio de 1969.

Sufragio Universal

Otro de los avances políticos y sociales que trajo consigo la República, fue el voto femenino. En palabras de Clara Campoamor: no es posible, ni justo, ni equitativo emancipar sólo al 50% de la ciudadanía, ignorando a la mitad del género humano.

Filosofar, a esas alturas, sobre si las mujeres tenían alma, sufrían, sentían, gozaban, trabajaban y en resumen: disponían de capacidad de discernimiento para intervenir en los asuntos públicos, se antojaba un debate impropio del S. XX.

La mujer debía votar, y quienes lucharon para lograr el reconocimiento de tal derecho, eran perfectamente conscientes de que tras conseguirlo, perderían las elecciones. Pues tal fue la presión y el efecto ejercido por la influencia del machismo estructural, el clericalismo y la patronal sobre la mujer, especialmente en el medio rural.

La mayoría progresista sabía que aprobar el sufragio, daría al traste con los siguientes resultados electorales, y aún así, pudo más la razón que el interés. Una dolorosa lección para la coyuntura actual, en la que el electoralismo actúa como un filtro que decide qué asuntos son prioritarios y cuales son tabú, al margen de su importancia real para el Bien Común.

Paz

Se intentó instaurar una cultura de paz que arrancaba desde el propio articulado constitucional, al sentenciar en su artículo sexto: "España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional".

Detrás de esa oración, que más que un enunciado jurídico se nos antoja un verso de la época romántica, se escondía toda una forma de comprender la geoestrategia contemporánea, y una expresión de sincero hartazgo tras siglos de infructuosa violencia para tratar de mantener artificialmente, el botín de riquezas materiales, civilizaciones y vidas robadas a toda Humanidad, al menos desde 1492.

Era preciso superar ese pasado oscuro, debíamos abrirnos a la convivencia, a la multi-culturalidad: un sincero deseo de paz inscrito en la propia Constitución, en las entrañas del código genético del futuro Estado Social, Democrático y de Derecho. Eso era la República… esa era su apuesta por la paz.

Matrimonio Civil y Divorcio

Otro de los grandes avances que la República trajo consigo, fue el Matrimonio Civil, y con él, la posibilidad de divorciarse cuando alguno de los cónyuges así lo deseara. Huelga decir el efecto que algo así supuso para la sociedad española del primer tercio de S. XX.

Lejos todavía de la utopía en la relación de co-responsabilidad e igualdad jurídica entre sexos, la posibilidad de divorciarse supuso un hito para la consecución de los derechos de la mujer, libre ahora para dar por concluida relaciones de sometimiento condenadas al fracaso, muchas veces traumático.

Reforma Militar

Podríamos estar hablando horas acerca de la Reforma para la racionalización de los ejércitos que impulsó el entonces ministro de la Guerra Manuel Azaña. Para resumirlo casi de modo que quepa en una sola entrada de Twitter: en los ejércitos había más jefes que indios; España poseía un ejército sobredimensionado, mal estructurado, redundante, con funciones confusas… impropio del S. XX. Y Azaña, que había estado formándose y trabajando como corresponsal por buena parte de Europa, incluyendo París entre 1919 y 1920 y entre 1920 y 1923, decidió poner en práctica un ambicioso plan de reforma, que además de emular una estructura más acode con los tiempos, supuso el pase a reserva de un gran número de altos cargos militares, respetándoles la paga, pero igualmente generando un profundo malestar en el seno de una institución que, junto a la Iglesia, se tenía por todopoderosa e intocable.

Secularización de los cementerios

Uno de los detalles que ahora se nos pueden antojar pequeños, pero que por aquel entonces supusieron una verdadera revolución social, fue la secularización de los cementerios, con lo que los ayuntamientos pasaron a encargarse de la organización de sepelios y el mantenimiento de los otrora campo-santos.

En la práctica, eso implicaba que alguien que decidiera libremente poner fin a sus días, ya podía recibir sepultura en igualdad de condiciones a la del resto de los mortales; y suponía, sobre todo, la desaparición de otro espacio de poder para la Iglesia.

Apertura de todo tipo de instalaciones
cultuales y equipamientos deportivos

Durante la República, fue muy usual la construcción de instalaciones polideportivas y la autorización de uso público de parques y jardines, antaño reservados a la nobleza o la corona.

Quizá el ejemplo más claro de esa política, sea el recinto de la Casa de Campo, en Madrid, confiscada al rey por el Estado y entregada al pueblo de Madrid por parte del alcalde Pedro Rico.

Decidido impulso a la Cultura

Si hubo un punto en el que los sucesivos gobiernos republicanos hicieron notar su voluntad política, éste fue el valor concedido a la decidida apuesta en pro de la cultura, la investigación científica y las instituciones educativas.

Ya fuera por convicción humanista, por influjo de la filosofía y los trabajos masónicos, por el hecho de que la República se fraguara en gran medida en el seno de instituciones como el Ateneo de Madrid, o como mero resultado de un proceso lógico de investigación, análisis, presentación de propuestas y toma de decisiones… el caso es que, con la República, las artes y ciencias recibieron un poderoso impulso gubernativo, que se plasmaría en campañas concretas como el resurgimiento de la Institución Libre de Enseñanza, la puesta en marcha de las Misiones Pedagógicas, el apogeo de esplendor del Círculo de Bellas Artes, la Residencia de Estudiantes y el propio Ateneo de Madrid, la multiplicidad de tertulias literarias que se creaban y mantenían por doquier… y sobre todo: la guerra declarada al analfabetismo.

Desde el gobierno de la República se adoptaron numerosos planes para acometer la necesidad de reciclar los conocimientos de los trabajadores, una vez estos habían ya abandonado la edad escolar. Se pusieron los cimientos de lo que más tarde sería la Formación Profesional. Se alentó la impartición de clases para adultos, repartiéndolas por toda la geografía del territorio nacional.

Aquellas gentes sabían que la cultura era el elemento diferencial para evolucionar hacia una sociedad mejor. La gente era engañada porque no disponían de armas intelectuales con las que defenderse de la opresión de las sociedades pasadas.

Todo eso debía terminar: y la salida estaba en los libros, en disponer de una instrucción elemental que alcanzara a la mayor proporción posible de la ciudadanía.

De ahí, el gran esfuerzo de la República para lograr ciudadanos críticos e inteligentes, intelectualmente independientes. Este esfuerzo se mantuvo desde el primer momento, hasta bien avanzada la etapa bélica.

Laicismo

A pesar de la propaganda de la jerarquía eclesiástica, empeñada en mantener un conjunto de privilegios que le resultaba muy provechosa, en realidad, el laicismo no es un concepto contrapuesto a la libertad de culto.

El laicismo solo pretende separar por completo la esfera pública de la espiritual. El Estado laico permite y protege la libertad del individuo para ejercer cualquier credo, o ninguno, pero sin mostrar predilección por ninguna opción concreta.

Lo que es privado no puede ser público, y la espiritualidad es un sentimiento privado. El Estado no puede tener una religión oficial. El Estado no está casado para siempre con ninguna religión… eso puede parecer malo para la religión despechada, que sufre de un grave 'mal de amores'… pero ante la incuestionable existencia de más de un credo (y no credo), esa distancia formal, en realidad, favorece a todas por igual, al no incurrir en desequilibrios de ningún tipo.

De esta forma,el Estado cumple su cometido ético de no utilizar el dinero de impuestos satisfechos por ciudadanas ateas, hebreas o musulmanas, para pagar los sueldos de un párroco cristiano, católico y romano.

Por supuesto, esto tuvo efectos indeseables, particularmente al toparse con la intransigencia propia del fanatismo religioso, circunstancia que, unida a las disposiciones constitucionales, provocó la disolución de la Compañía de Jesús, así como condenables episodios aislados, pero de extrema de violencia contra intereses de la Iglesia Católica. Estos actos violentos jamás fueron llevados a cabo por agentes de la autoridad en el ejercicio de sus funciones.

Estatutos de Autonomía

Al igual que en nuestros días, durante la República se acometió la aprobación de los Estatutos de Autonomía de Cataluña y el País Vasco; y al igual que en nuestros días, en el vasco experimentó mayores dificultades para salir adelante, dado que a juicio del Parlamento, éste rebasaba los límites constitucionales.

Con todo, ambos textos terminaron por salir adelante, y como consecuencia, tanto Catalunya como el País Vasco dispusieron de amplias competencias en materia de autogobierno, llegando a configurarse la estructura territorial del Estado, de facto, en análoga a la de una República Federal como Estados Unidos, Suiza o Alemania.

Paulatinamente, Galicia, Baleares, Aragón y otras regiones irían tramitando sus propios Estatutos de Autonomía.

Un vistazo al Diario Histórico de Sesiones del Congreso de los Diputados revelará una gran similitud argumental entre los procesos de los años 30 y los llevados a cabo en la pasada legislatura, entre 2004 y 2008.

Conclusión

Sin ser la Utopía, el advenimiento de la República trajo consigo un orden constitucional, democrático y de derecho, por cuya defensa que valía la pena luchar y si fuera preciso, morir. La República trajo consigo un período de prosperidad económica, cultural, social y política, que se plasmó en un súbito empoderamiento de la mujer, que lograría hitos como el Sufragio Universal, el matrimonio civil o el derecho al divorcio; en el resurgir de la tolerancia institucional hacia la diversidad cultural, social, religiosa y educativa; en la separación de poderes y el recíproco autocontrol entre éstos; en la modernización de las Fuerzas Armadas, que dejaron de ser una horda medieval con una estructura de mando absurda y sobredimensionada, para convertirse en un cuerpo moderno y eficaz, aunque lamentablemente sometido al mando de traidores golpistas; en el laicismo, o la separación entre el Estado y las Iglesias, que habría de redundar en un paulatino enriquecimiento cultural de la ciudadanía y en una contención de la cuota de poder que injustamente venía detentando la jerarquía de la Iglesia Católica… muchos éxitos, en muy poco tiempo.

Quizá éste fue el principal rasgo de aquel tiempo: la República arrancó una España que permanecía instalada en el feudalismo tardo-medieval del S. XVI, y la arrojó directamente al corazón del S. XX, sin pasar por el Renacimiento ni la Ilustración.

Muy deprisa, quizá demasiado… considerando que jamás la oligarquía ha tolerado pacíficamente el menoscabo de sus injustos privilegios.

Para tener una idea clara de lo que fueron los avances sociales que la República trajo consigo, para saber lo que ganamos, habría que ver lo que más tarde nos habrían de quitar: en primer lugar, el franquismo nos arrebató la Democracia y con ella la Separación de Poderes; más tarde se abolió la Libertad de Cátedra; suprimieron el Derecho de Asociación; acabaron con las Libertades de Prensa, Opinión y Expresión; suprimieron el Derecho de Reunión; la Libertad de Conciencia; acabaron con la diversidad cultural de este maravilloso pueblo de familias, que es España.

Mas, no es cuestión de nombres y fechas, como si se tratara de un examen de Historia, porque todavía no sabemos en qué mes, ni en qué día del mes caerá el próximo 14 de abril… todavía no sabemos qué nombre tendrá el próximo Niceto, la próxima Clara o el próximo Federico. Tan sólo sabemos que todo el mundo será necesario y que nadie será imprescindible.

Conocer el pasado es necesario, no sólo para aprobar exámenes y olvidar; no sólo para regocijarnos en él, habitando en una ilusión al margen de la realidad, no. Conocer el pasado, no solo es útil para saber qué errores debemos volver a cometer, sino acaso, para saber… que una vez se pudo… nuestros abuelas y abuelos, nuestras bisabuelos y bisabuelas lograron habitar en un lugar mejor… lo consiguieron por las urnas y se lo arrebataron por las armas.

Por eso, y como ya he dicho alguna vez, hoy quiero dejar claro, que si un sentimiento guía nuestros pasos, no es el de la nostalgia del pasado, sino acaso la nostalgia del futuro…porque sabemos bien dónde tenemos los pies y en qué mundo vivimos, y por eso mismo, afirmamos que lo mejor de nuestra Historia, está por escribir.


Jaume d'Urgell
jaume@durgell.com
http://jau.me
 
Universidad de Granada
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología