La mayoría de los jóvenes de hoy no tiene ni un recuerdo de aquel día en que tu padre, en nuestras Cortes, rodeado de obispos y militares como él, juró fidelidad a las leyes franquistas, accediendo así a la última voluntad del anciano genocida y obteniendo esa ostentosa y extemporánea corona, que jamás será tan bella como una urna de metacrilato, repleta de sobres de papel, depositados sin miedo, ni límites, ni engaños.

La democracia que los amigos de tu padre lograron destruir, no tuvo nada que ver con el régimen que hoy vivimos, ni con la República que tenemos por delante. Esta generación, sobrelleva un país privatizado y neoliberal. Producto, como bien sabes, de siete décadas de gobernar de espaldas a la ciudadanía, pervirtiendo por completo nuestro derecho a participar en los asuntos públicos. Esta prepotencia forma parte del estilo ético de tu familia: una infamia labrada a través de siglos de miedo, sangre, desvergüenza, impunidad y un desmedido afán por el dinero tomado a los demás.

La mayoría de los españoles creció padeciendo un engaño masivo que se iba asentando, al abrigo del ruido de sables, la desinformación y unas leyes que causan sonrojo entre los juristas de otros países. Tú y yo, al igual que muchos otros compatriotas a la fuerza, nos hicimos adultos en una sociedad que, después de siete décadas de contemplar como un militar manosea su más Alta Magistratura, empieza a estar más que harta de todo.

Hemos madurado en un país que se avergüenza de sí mismo, que se ha acostumbrado a omitir su nombre y sus símbolos, llenos por siempre de ignominia y sectarismo, después de que se los apropiara el ex jefe de tu padre. Y ahora tú, al revés de los demás ciudadanos, pretendes disfrutar de un poder que no te corresponde.

Hasta ahora, has gozado sin trabajar, de caprichos que a los demás, trabajando, les están vedados. Tú, supuesto máximo exponente de lo público, no has dudado en optar por la sanidad privada siempre que te ha hecho falta, y lo has hecho, por supuesto, como siempre haces, con nuestro dinero.

Pero esta sociedad, que acumula setenta años consecutivos de opresión, está empezando a tomar conciencia de su potencial, de la fuerza de una población de 45 millones de ciudadanos, que son eso: ciudadanos, no súbditos, y lo sabemos, a tu pesar, cada vez somos más, quienes somos concientes de nuestra ciudadanía. Sabemos que este potencial puede y debe convertirse en una verdadera democracia, para poner el Estado al servicio de quienes, por culpa de sujetos como tú, sufren la cara amarga de la avaricia ilimitada. Es el esfuerzo conjunto de la ciudadanía lo que puede determinar, modificar y mejorar el destino de un país.

Tu padre siempre ha sido un soldado franquista, y por eso quienes compartían sus formas y objetivos creían que su hijo podía haber tenido el mismo destino… de no ser por la eclosión del espíritu crítico en pro de la Tercera República.

Juan Carlos acaba de cumplir setenta años… tantos como tiempo hace que nuestro país de países dejó de ser una democracia, para convertirse en esto que ahora es, de la mano de monstruos terroristas, que vestían igual que vosotros y tenían igual respeto por nuestro anhelo de votar en libertad, sin trampa ni Borbón.

Supongo que, para los que son como vosotros, esa es la verdadera medida del éxito: llegar a viejo después una vida entera de lujo, pompa y boato, sin haber trabajado ni un solo día. Gozando siempre a costa de obligar a todos a profesar un credo absurdo: el de la monarquía, o el arte del despotismo y la usurpación de lo público y ajeno, a través de las armas y leyes que avergüenzan al Derecho.

Feliz aniversario, Capeto. Hazme caso: saca tus manos de nuestros asuntos públicos. No sé qué tendrá la corona, que sea capaz de haceros perder la cabeza.

¡Salud y República!