Llegar hasta aquí no fue tarea fácil… y no lo fue, porque la defensa de los Derechos Humanos rara vez lo es: basta una mirada al recuerdo del president Lluis Companys, asesinado por causa de su defensa de Catalunya y la democracia; basta una mirada a la memoria de Julián Besteiro, presidente del Congreso de los Diputados, secuestrado hasta la muerte por causa de su defensa de España y la democracia; basta recordar a Ernest Lluch, asesinado por causa de su defensa de la paz, el diálogo, la salud y la democracia… para darnos cuenta de que: efectivamente, la defensa de los Derechos Humanos nunca fue una tarea fácil.

No lo es —por ejemplo— cuando el sentido de la responsabilidad nos obliga a denunciar casos como la violación cotidiana de Derechos Humanos que tiene lugar a siete kilómetros escasos de donde nos encontramos ahora mismo: en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Carabanchel —por citar solo un ejemplo—, donde todos los días se producen arrestos arbitrarios de personas asustadas e indefensas, que solo son culpables de haber nacido en otro país, personas que son “cazadas” en auténticas monterías urbanas —cuando no en controles callejeros inequívocamente discriminatorios—, personas maltratadas en su dignidad y separadas de sus familias, personas que nos ven ignorar sus peticiones de Habeas Corpus y a las que finalmente deportamos sin garantías, ni el amparo de una tutela judicial efectiva que haga honor a tal nombre, víctimas de un sistema que nos avergüenza como país y como especie.

Todo va bien, decía… hasta que alguien habla de malos tratos en comisaría, o de la impunidad de los poderosos; todo va bien mientras no nos topemos con la Iglesia y su financiación... en el contexto de un país que despide profesores y cierra hospitales; todo va bien, mientras nadie hable de la razón de ser de los Paraísos Ficales; mientras no mencionemos la negación de aquellos sentimientos nacionales que colisionen con los nuestros; todo va bien hasta que se denuncia la falta de equidad y reciprocidad en materia de aranceles (y la relación entre eso y la hambruna en el Tercer Mundo); todo va bien hasta uno que se pregunta por qué nuestro Estado sigue fabricando armas prohibidas por la Comunidad Internacional y vendiéndoselas a enemigos de la Humanidad como Teodoro Obiang, a quien —además—, permitimos pisar nuestro suelo territorial sin entregarle a la Justicia.

No es fácil hablar de los derechos humanos de las miles de personas que tenemos reducidas a la mendicidad —solo en la calles de Madrid—, muchas de ellas doblemente presas de su salud mental y de nuestra hipocresía.

No. No es fácil hacer lo correcto, nunca lo fue. Es muy fácil venir aquí y leer un fragmento de la Declaración Universal, pero de nada servirá si no somos capaces de desobedecer cuando sea preciso; si no somos capaces de seguir soñando al despertar; si no somos capaces de unirnos en defensa de lo que es justo; si no somos capaces —especialmente— de salvaguardar nuestra Educación y nuestra Sanidad Pública.

Por eso estamos aquí: para decir la cosas necesarias que otras mujeres y hombres no podrán decir; porque esta es nuestra triple misión: difundir los Derechos Humanos, denunciar su incumplimiento y celebrar los ejemplos e coherencia.

El Comité de Organización que concede estos premios se compone de catorce personas, y a través de las Redes Sociales llegamos diariamente a una audiencia directa y efectiva de más de medio millón.

Y no todo es denunciar, por fortuna: hoy tenemos la satisfacción de reconocer públicamente las circunstancias de seis casos de coherencia personal en el respeto a los Derechos Humanos: desde la grandeza de estadistas como la señora Cristina Fernández de Kirchner, hasta el discreto pero inquebrantable compromiso militante de Laura Bugalho; desde la ingrata, constante, dolorosa e imprescindible valentía pacificadora de Odón Elorza, hasta el amor por la bella y efectiva comunicación de la cultura, de Antonio Buitrago; desde el necesario ejercicio de responsabilidad periodística de Antonio Miguel Carmona y Manuel Arias, hasta las bellas artes de todo el equipo humano de la película “La Voz Dormida”.

Bien, sin más preámbulos, como presidente del Jurado y en nombre del Ateneo de Madrid, os doy la bienvenida esta docta casa —que es la vuestra—, y declaro abierta la ceremonia oficial de entrega de los premios Nicolás Salmerón de Derechos Humanos correspondiente al año 2011.

Muchas gracias.


Jaume d'Urgell
Presidente del Jurado y del Comité de Organización
http://premiosalmeron.com