Españoles: el rey… ¡ha muerto!
Por Jaume d'Urgell el jueves 16 Noviembre 2006, 18:58 - Artículos de opinión - Enlace permanente
Que nadie diga luego aquello de: “todo sucedió muy rápido”, “apenas hubo tiempo para preparar nada”, “nos pilló a todos con el pie cambiado”, “de repente los medios enmudecieron, en mitad de una borrachera de ruido”… cada día que pasa, la Madre Naturaleza nos acerca un poco más al cambio de rey. El momento de hacer planes es ahora.
Españoles: el rey… ¡ha muerto!. El hombre de excepción que ante Dios y ante la Historia asumió la inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a España ha entregado su vida, quemada día a día, hora a hora, en el cumplimiento de una misión trascendental.
Conocida la capacidad de embuste masivo que caracteriza a la maquinaria del Estado, lo cierto es que podemos esperar cualquier cosa: desde una suspensión de la emisión, acompañada de la correspondiente carta de ajuste y un hilo musical de marchas militares (con toque de queda en la calle), hasta el más portentoso despliegue de luces y color: con una programación especial —largamente estudiada—, con la reposición de numerosos documentales en los que podamos ver al finado “inaugurando pantanos, a bordo del Bribón IV”, o “rompiendo el protocolo para hacer gala de su cordial campechanería… como si fuera como nosotros”, todo ello con los inestimables comentarios de contertulios de la talla de Ana Rosa Quintana, Belinda Washington, Anne Igartiburu, María Teresa Campos y otros ex columnistas del Alcázar, de esos, de arenga mañanera.
Muchos canales de televisión superpondrán una “banderita española” en alguna de las esquinas de la imagen, o quizá un lazo negro, y el himno nacional sonará por doquier. Durante algunos días, nadie hablará de las ochenta personas que diariamente pierden la vida intentando llegar a nuestras costas, huyendo del efecto de nuestro primer mundo; y habrá una sobredosis de ruido en mitad del cual, intentar acceder a algo de información se volverá un ejercicio imposible.
En esta obra maestra del más puro esperpento del 98, tendrá un lugar destacado la actuación de los monigotes del capital que en ese momento se encuentren en escena, las marionetas que nos permiten elegir de entre un reparto de listas cerradas. Importante será el papel del muñeco que interprete el personaje del presidente del Gobierno, compartiendo cartel con el jefe de los procuradores a Cortes y el líder de la Asociación Profesional de la Corporativismatura. Y ahora viene lo bueno: el “prota” no será Felipe, el verdadero protagonista será el público, puesto que de su reacción dependerá si la obra sigue en cartelera una treintena de años más, o restablecemos la normalidad.
Según el Título Segundo del guión que la cúpula militar dictó a los políticos en 1978, todo está atado y bien atado, pero ya se sabe que con el paso del tiempo, algunas cosas pueden no funcionar como en su momento se pensó.
En principio, en el guión se supone que aparece: “…allí donde uno vaya, por doquier puede encontrarse con muestras espontáneas de júbilo y dolor: júbilo ante la juventud, la preparación y la gallardía española del nuevo monarca, y dolor por la irreparable pérdida del hombre que pudiendo no hacerlo, nos regaló la democracia”.
No obstante, quienes creemos que el destino no está escrito, y que la soberanía corresponde al conjunto de trabajadores de toda clase, tenemos un guión bien distinto: un guión que habla de no-violencia, pero también de colapso institucional, un guión que refiere un sinnúmero de actos de resistencia pacífica, de manifestaciones espontáneas que imposibiliten la perpetuación de esta monstruosidad sistémica que ha provocado que desde 1936, la jefatura de Estado de nuestro país, se halle en manos de un militar no-electo.
Soluciones habrá muchas, pero si quieren ustedes saber la mía, se basa en tres puntos muy simples: el primero, desobediencia civil en masa; el segundo, desconfiar de los medios de comunicación que sigan en manos del viejo régimen antidemocrático; y el tercero: exigir auténtica democracia.
Por favor, aclaremos las ideas: es cierto que en Estados Unidos, la palabra ‘republicano’ significa: iletrado nazi expansionista ultra conservador irresponsable y adepto, pero aquí, en esta parte de la península ibérica que no es Portugal, ‘República’ equivale a democracia. Se puede decir más alto, pero no más claro. Contrariamente a la amenaza que la derecha se encarga de recordarnos a diario, la República no tiene por qué conducir a la guerra —afirmar eso es tanto como decir que “si tratas de ser libre, no me quedará más remedio que asesinarte”—. No, la República no es el paso previo a la guerra, salvo que los que viven de nuestra vida decidan quitárnosla una vez más, presos del miedo a perder sus injustificables privilegios, en beneficio del Bien Común.
Aquí, como en cualquier país, el proletariado es mayoría, es más: inmensa mayoría. A poco que dispusiéramos de una Ley Electoral medianamente justa —éase: ‘equitativa’, ‘proporcional’, ‘sin trampas’—, el reflejo parlamentario permitiría al pueblo tomar las riendas de su futuro. Pero que nadie trate de patrimonializar la Libertad: República es democracia, y democracia es optar; de no haber elección, no habría democracia, ni —por tanto—, República. La idea de poder elegir, en contraposición con la de no poder hacerlo, es intrínsicamente izquierdista y supone un cambio revolucionario, pero debemos tener claro que para que el sistema sea justo, éste debe ser neutro, y permitir que gobierne la opción que se alce pacíficamente con el favor de la mayoría, de acuerdo a un marco constitucional estable, preacordado por todos, y en base a una serie de límites al ejercicio del poder, basados en su separación efectiva y la necesaria transparencia.
No debemos, por tanto, abogar por la adopción de vicios sistémicos que favorezcan la supremacía de una determinada opción política, en detrimento de las demás. Dicho sea claramente: nada de repúblicas socialistas, y nada de presidencialismos absolutistas de derechas. El sistema no debe tomar parte, quien debe hacerlo es la ciudadanía, a intervalos regulares, mediante sufragio universal, secreto, directo, proporcional y libre.
Si pretendemos instaurar un paripé pseudodemocrático en el que de facto, solo se pueda optar entre fuerzas de derechas (como en Estados Unidos de América en 2006), o solo entre partidos de izquierdas (como en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas en 1945), todo estará abocado al fracaso. Las cosas claras: nos guste o no, el hecho es que la mayor parte de la gente corriente —la clase media, tirando a aburguesada—, desea estabilidad y moderación, y no se puede hacer política ignorando a la clase media.
Hablar de sistemas totalitarios de cualquier signo, es algo que asusta y divide, y es precisamente en estos momentos, en los que el sistema político español acusa un déficit democrático tan intenso, que no siquiera se le puede llamar democracia, es precisamente ahora, cuando los defensores de la República debemos dar muestras de moderación, de temple político y sentido de Estado. Atención a los tergiversadores: esto no es un discurso para ceder al pragmatismo: precisamente porque mi meta es plantar la bandera en el ático, antes debo subir pacientemente todos y cada uno de los pisos que llevan a él, incluida la planta baja (y por si nadie se ha dado cuenta, nos encontramos en el sótano).
Es conocida la vieja tesis que afirma que toda la Sociedad permanece secuestrada por una banda terrorista cuyo brazo político estaría integrado por una amalgama de oligarquías, política y empresarial, y cuyo brazo militar… sería la banda armada más numerosa sobre el tablero de juego. Frente a eso, coexistiría toda la serie de conductas típicas en caso de secuestro, que irían desde la resignación y el sentimiento de impotencia, hasta el colaboracionismo –o síndrome de Estocolmo–, pasando por un irreductible porcentaje de libertarios.
Las personas conscientes de nuestra ciudadanía, somos ese grupo de libertarios sobre el que recae la responsabilidad de desprogramar al resto de la Sociedad: tenemos la obligación de contar al mundo que lo normal no es vivir bajo una jefatura de Estado militar, no-electa, vitalicia y hereditaria, otorgada por un dictador golpista y arropada por un sistema antidemocrático, en el que jueces, gobernantes y legisladores se cubren mutuamente las espaldas, en una estructura viciada y amorfa.
No es momento para “esperar, y ver”. Seguramente, ellos ya están listos, deben estarlo desde hace años. Todo está “atado y bien atado”, pero henos aquí: resueltos a tomar el control de la situación, y trabajar por una República Democrática Federal de España, por eso, o lo que la mayoría de españoles decida.
Debemos recordar que los cambios no vendrán por si mismos —salvo uno que yo me sé, y en el que la Madre Naturaleza pronto nos echará una mano—. Nadie regala derechos, nadie piensa en ceder poder, ningún privilegiado tolera cambios que amenacen su provechosa inercia.
Esperar, para después actuar a toda prisa —y al final, lamentarnos tres o cuatro décadas más—, no solo significaría perder un tiempo precioso, también sería una grave irresponsabilidad para con el conjunto de los trabajadores de toda clase. No podemos esperar a que llegado el momento, “alguien haga algo”. Eso sería una insensatez y una irresponsabilidad.
Hay que empezar a pensar: ¿qué haré yo cuando me encuentre ante el fenómeno de la sucesión en la Corona de España? ¿Saldré espontáneamente para agitar banderitas en el Paseo de Recoletos? ¿Cuántos colores tendrán mis banderitas? Para entonces, ¿me habré sincronizado con mis compañeros de agrupación, sindicato, familiares, amigos y conocidos para hacer algo —no-violento, por supuesto—, que sirva para restablecer la plena normalidad democrática en el país? ¿Me conformo con una manifestación, o escribir en un foro, o enviar una carta al director de un periódico, asistir a una conferencia o pegar algún que otro cartel? ¿Cómo es el sentido de mi voto? ¿Poseo capacidad de influencia en el sentido del voto de las personas de mi entorno? Tengo ingenio y soy libre ¿se me ocurre algo más que pueda hacer en previsión de los trascendentes momentos políticos que seguirán al fallecimiento del militar que sucedió a Franco en la jefatura del Estado?
Mañana puede ser tarde.
¡Salud y República!
