A su partir, la miseria de las mentiras... desde altos muros de acero y cristal, y los pies embarrados, poco ha tardado en dejarse oír el retumbar de voces que se alegran de la suerte que ha corrido nuestra flor de Libertad.

Maldito sea el césar Antonio y sus molinos, Sancho, que ha mandado a los cerdos a pastar en el jardín de los frailes. Malditos ellos, maldito él, malditas las elecciones y maldita la ambición de quienes dicen representarnos.

La ciudad gris de un blanco oscurecido, albergó en sus adentros un destello de color, insólito y tenaz: por espacio de casi una legislatura, los vecinos de Madrid fuimos todos principitos de Saint-Exupéry: todos teníamos una flor muy especial, un elogio al poder de la palabra, alegoría de la Igualdad... una flor que nos pensaba en voz alta y llegó a abrirnos la puerta de un lugar donde habita el recuerdo, la casa de la razón ilustrada: nuestra Biblioteca Nacional.

Como Pedro Rico tomara para entregar, Rosa Regàs cedió a todos lo que de todos era ya. Por eso —y por toda una vida escribiéndonos regalos—, con serena alegría, te damos las gracias por tu valiente osadía.

No imaginas como envidio a los que en adelante te tendrán cerca, guerrillera de la palabra. Nos veremos en los libros, en las calles, en las urnas, en la oficina, en la fábrica y a pie de obra.

Moltíssimes gracies, Rosa, tot just hi ets, i ja et trobem a faltar.


Jaume d'Urgell
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