Un obrero, un voto
Por Jaume d'Urgell el martes 1 Mayo 2007, 17:56 - Artículos de opinión - Enlace permanente
Llamamiento a vencer al desaliento. Una invitación al voto responsable, razonado, consciente de su clase. Una llamada al elector vigilante, a quienes reclaman coherencia. Un exhorto a todos los obreros, porque votar no excluye todo lo demás. Pese al sistema electoral, pese al déficit democrático, pese a la precariedad… o precisamente por todo eso: acudamos a votar.
Las cosas no van bien: nuestras Cámaras Legislativas se han convertido en una especie circo de bestias salvajes; casi todos los que están en política a cambio de sueldo, apestan; el nivel de calidad y madurez de nuestra ‘democracia’ es parecido al de cualquier dictadura; no hay garantías procesales; los índices de corrupción, tráfico de influencias e información privilegiada tienden al infinito; los perros andan sueltos y sin bozal, y no solo muerden… también inventan pruebas y golpean a detenidos; la prensa se ha convertido en un fármaco social que atonta, silencia y atenúa los síntomas de los pacientes de rebeldía, sí, los medios han asumido el papel que hasta hace poco desempeñaba esa secta destructiva de Roma; no está permitido robar bancos, pero a los bancos sí les está permitido robarte… y no se conforman con la cartera, el coche o el televisor… te roban directamente la casa; de trabajo mejor ni hablemos, porque hoy por hoy ni los esclavos tienen asegurado el rancho; y bueno… esto es lo que hay.
A la vista de semejante estercolero, es comprensible que haya quien decida castigar al Sistema, negándose a legitimarlo con algo tan íntimo como es el voto… un contrato por el que delegamos la confianza en un grupo de personas, para que gobiernen de acuerdo a ciertas convicciones ideológicas. Algo demasiado serio para ponerlo en manos de los embusteros patológicos, cleptómanos, prepotentes, megalómanos, corruptos, incultos e irresponsables que viven del cuento de la falsa democracia.
Con todo, nuestro voto es una de las pocas vías pacíficas que se encuentran al alcance de los obreros para permitirnos intervenir en la gestión de los asuntos de la Cosa Pública. Alguien dirá que nos queda la desobediencia civil, la crítica, el control, las propuestas de autogestión en condiciones de ausencia de autoridad… pero el hecho es que si excluimos el recurso a la violencia, hoy y aquí, las urnas constituyen un camino tortuoso pero transitable, que bien llevado, debería permitirnos empezar a cambiar algunas cosas, en defensa de la clase obrera, del Bien Común, de la igualdad, el laicismo, la libertad, la austeridad y la fraternidad.
Ahora bien, antes de ejecutar cualquier programa de gobierno es preciso ejercer nuestros derechos con responsabilidad, seriedad, y serenidad. Serenidad para no actuar a golpe de impulso. Seriedad para analizar los tiempos, los objetivos, la credibilidad, la trayectoria, el programa, los nombres y la honestidad de las diferentes opciones, y su encaje estratégico a corto, medio y largo plazo. Y responsabilidad para reclamar coherencia, para supervisar la posterior acción de gobierno, y darnos cuenta de las implicaciones de la existencia y el sentido nuestro voto.
Confieso que nunca he comprendido cómo es posible que un partido que persigue el enriquecimiento de unos pocos en detrimento de la inmensa mayoría, consiga hacerse con la mayor parte de los sufragios emitidos. Nunca entenderé cómo puede ser que las urnas otorguen el gobierno de Madrid al partido heredero de la estructura franquista. Cómo un trabajador homosexual o una trabajadora nacida en otro país, confían su voto a un partido que, si pudiera, acabaría físicamente con ellos.
La explicación es obvia: el engaño, pero aún así, cuesta comprender cómo se puede mentir satisfactoriamente a una mayoría suficiente para gobernar. Porque ellos, los ricos, los auténticos beneficiados por la política de lo injusto, el odio y la opresión, son una infinita minoría. Obrero, entérate: tu voto vale lo mismo que el voto del presidente de una entidad bancaria. Y somos más los curritos de 1.000 euros, que los Consejeros de Administración, con yate, chalé, piscina, golf, coches, gomina y gemelos.
La lógica aritmética y la ilógica legal, permiten que en nuestro país, se pueda gobernar incluso con un apoyo electoral ínfimo. En pocas palabras: la abstención no cuenta, y si esperamos a que nuestra ausencia intencionada cause algún trauma o sentimiento de culpabilidad a los que viven o se benefician ‘de todo esto’, estamos muy equivocados.
Ellos, los de la derecha, tienen claro que hay que ir a votar para defender sus privilegios, sea como sea. Se lo toman como un trabajo, de hecho, para muchos de ellos, votar es el único trabajo que hacen.
Sea cual sea la razón, a los de siempre, les trae sin cuidado que te conviertas en un abstencionista. Importa poco si no votas porque eres un vago, irresponsable e inculto, o si eliges no hacerlo porque estás convencido de vete-a-saber-qué-razones. Ni siquiera una abstención superior al 75% les importaría, es más, mejor para ellos, porque eso supondría que su suelo absoluto de electores equivaldría a una mayor proporción de escaños.
Si tenemos en cuenta el sistema electoral vigente y la poca vergüenza de nuestra clase política, la abstención activa es una grave equivocación que favorece a los partidos tradicionalmente mayoritarios, los verdaderos responsables del hartazgo provocado por esta situación de detritus sistémico.
Por poner algunos ejemplos: si en las elecciones a la Asamblea de la Comunidad de Madrid de mayo de 2003, tan solo 6.000 de los 235.428 votantes que depositaron su confianza en Izquierda Unida, se hubieran quedado en casa, por aplicación de la Ley D’Hondt, 1 de los 9 escaños obtenidos por IU habría ‘saltado’ al Partido Popular —no al Partido Socialista Obrero Español—, de modo que el PP habría obtenido 56 escaños, en lugar de los 55 que realmente obtuvo. Otro ejemplo: si al repetirse las elecciones cinco meses más tarde, el PSOE hubiera conseguido un 3% más de votos, habría conservado la presidencia de la Comunidad, arrebatada por la incalificable actitud de dos sujetos que no votaron a su propio grupo parlamentario.
No se trata de movilizar el voto hacia los garantes de la partitocracia que confiere estabilidad y legitimidad a esta segunda etapa del franquismo, sino de atizar la conciencia de muchos que piensan que todo está perdido. No hay lugar al desaliento, no nos lo podemos permitir.
Es difícil votar cuando se tiene la intensa sensación de que un simple voto no cambiará nada, y que además, nuestra voluntad será utilizada, retorcida y tergiversada por el politicucho falso, previsible y engreído, que no piensa más que en su propio bien y en descubrir nuevas formas de hablar in decir nada, alejado de la realidad y profundo desconocedor de la calle, la patera, la fábrica, la trinchera y de tantas otras injusticias que simplemente, no le importan.
De todos modos, vota. Vota a quien te inspire más confianza, a quien creas que defenderá mejor tus ideas, a quien juzgues creíble. Vota honestidad, vota programa, vota futuro, vota coherencia, vota en libertad. Vota a quien quieras, pero no votes nazismo. No votes guerra, no votes odio, no votes discriminación, no votes complicidad, no votes explotación, no votes arbitrariedad, no votes mentiras, no votes fascismo, no votes brujos, no votes revisionismo. Vota trabajo, justicia social, discurso inteligente, compromiso a pie de calle. Vota mujer. Vota paz. Vota vivienda. Vota República. Vota por tu tierra, tu cultura e identidad, sin odiar a las demás. Vota Memoria. Vota por tus derechos… y no te quedes sin votar, sabiendo que otros no faltarán a su cita con las urnas, para defender lo contrario de todo lo que te importa.
Es una pena que alguien esté tan concienciado como para plantearse la posibilidad de no votar, guiado únicamente por la intención de mejorar el mundo… y que como resultado de ese razonamiento erróneo, el voto de alguien así, se pierda. Una verdadera pena.
Votar implica pensar y casi siempre nos parece más cómodo no tener que hacerlo, pero… ¿vamos a dejar que otro piense por nosotros?
¡Salud y República!
