La principal diferencia viene determinada por el progreso de nuestra sociedad. Un progreso que se origina en el seno de la opinión pública y evoluciona hasta la conformación de una voluntad política palpable, que se articula a través de partidos y demás agentes de la sociedad civil, que toma cuerpo mediante propuestas electorales, que tras obtener un respaldo democrático suficiente, pasan al Parlamento y terminan por convertirse en leyes.

Pero todo eso, como he señalado, dista mucho de ser gratuito o inmediato. Han hecho falta largos años de cárcel absurda e injusta; ha sido preciso contemplar cómo se derramaba la sangre de decenas de miles de personas; hemos tenido que esperar a la aparición de un escenario político propicio y se ha necesitado de la valentía de personas como Jordi Petit, Pedro Zerolo, Carla Antonelli, Boti García, Carmen Montón, Leopoldo Alas Mínguez, Eduardo Mendicutti, José Luis Rodríguez Zapatero, José Mantero, Empar Pineda, Íñigo Lamarca, Juan Fernando López Aguilar, Kim Pérez, Gaspar Llamazares, Shangay Lily o Beatriz Gimeno, por citar algunos casos, en una interminable relación imposible de ser justa o exhaustiva... ha hecho falta el esfuerzo de miles de activistas y millones de silencios para lograr la privilegiada situación de la que ahora mismo disfrutamos.

Pero todo ese progreso no fue inmediato, no es una moda y ni siquiera está consolidado. Ningún derecho fue un regalo, y si la sociedad se despreocupa, ningún derecho es para siempre.

No, no fue inmediato: hubo que esperar a la democracia para acometer las reformas legales precisas para la despenalización de las orientaciones, identidades y comportamientos que diferían de lo que la Santa Madre Iglesia consideraba “Naturales y orientadas exclusivamente hacia la reproducción humana, dentro de la Sagrada Institución del Matrimonio Canónico”.

Hubo que esperar a la conformación de una sólida mayoría democrática de progreso y al ejemplo previo de naciones como la neerlandesa para suprimir la discriminación por orientación sexual para el acceso al derecho al matrimonio... porque de eso estamos hablando: estamos hablando de una reforma legal que, tomando los Artículos Primero y Segundo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos —los que establecen la no-discriminación— y combinándolos con el Artículo Decimosexto —sobre el derecho a la familia—, finalmente, la llamada “Ley del Matrimonio Homosexual”, en realidad, lo que hace es erradicar la discriminación por orientación sexual a la hora de obtener protección estatal para todas las formas de familia.

Así pues, no se trata de un ataque a la institución de la familia, como algunos grupos de presión han pretendido señalar, sino del reconocimiento oficial de un derecho que de hecho ya existía, pero “sólo” en la realidad. Una realidad al margen del Estado.

Por eso, porque ningún papel puede impedir el amor y mucho menos el deseo. Porque nuestros derechos no son contra nadie. Porque la injusticia contra uno, es una amenaza contra todos, el Estado, la sociedad debían actuar y actuaron: era preciso reconocer, por fin: que el amor libre entre adultos no puede ser delito; que todo ser humano tiene perfecto derecho a existir tal como realmente es y se siente, no como parezca o le impongan; que todas las familias merecen igual respeto y protección; que nadie debe temer por su seguridad por cómo es, siente o ama.

Hoy conmemoramos el quinto aniversario de la aprobación de la Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio.

Conmemoramos eso, pero también un cambio de tendencia, un decidido impulso a los Derechos Humanos. Hoy, todavía con la espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas, en forma de un Recurso de Inconstitucionalidad presentado por el PP.

A pesar del PP, asistimos a la celebración de la dignidad sin distinción, exclusión ni imposición. Hoy, en palabras del presidente José Luis Rodríguez Zapatero: “Hoy... España es un país más decente”.

Hoy España es un país más decente, y lo es, no sólo en nuestros Registros Civiles, no sólo en los Juzgados, los restaurantes especializados en banquetes nupciales, no sólo —potencialmente— en el 25% de nuestros hogares. No, hoy España es un país más decente, también en las calles. Lo es, también en nuestras casas, en las aulas, en los medios de comunicación, en los centros de trabajo... lo es, en todas partes.

Hoy mi madre sabe, que el otrora “pecado nefando” de su hijo, esa peculiaridad inconfesable que nadie en el pueblo debía saber, hoy sabe mi madre, que ese delito de otra época... no era tal, en realidad. Hoy mi padre sabe que puedo contraer matrimonio, exactamente igual que él, con la persona que ame y me ame, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, etc. Hoy mis ascendentes saben que el Estado estampa su sello en un documento idéntico al suyo, para tomar nota de la existencia de mi nueva y propia familia. Hoy mi familia sabe que mi matrimonio es eso: un matrimonio, y no otra cosa, que no es un “submatrimonio”, ni un “inframatrimonio”, ni mucho menos una “unión civil estable”, sino simple y llanamente: una unión conyugal, igual que cualquier otra.

Una unión conyugal, igual que cualquier otra.

Algunos dicen que a la unión conyugal entre dos personas del mismo sexo no se la debe llamar matrimonio... son los mismos, que en los años 30, a preguntas de Clara Campoamor o Victoria Kent, afirmaban que al voto femenino no se le debía llamar Sufragio Universal... sino “capricho”, “subvoto” o “infravoto”.

También hay quien pretende aferrarse a la etimología del vocablo “matrimonio” para sentenciar que sin la matriz femenina, no cabe el uso de tal palabra para definir esa institución. Ignoran sin duda, que su falacia no es aplicable a los matrimonios entre dos mujeres y que si por etimología fuera, no sé qué nombre otorgarían a la propiedad sobre el capital cuando sus titulares son mujeres, porque imagino que en tal caso, la palabra “patrimonio” les debe parecer igual de inadecuada.

En otras palabras: hoy mi familia —y al igual que la mía, millones de familias— es más consciente de que no hay nada que ocultar; que no hay nada de lo que avergonzarse; hoy mi familia sabe que —al igual que ya no quemamos a brujas y científicos— ya no es preciso expulsar a su hijo de casa, que no no es preciso ocultarle, ni a él, ni a ninguno de sus rasgos afectivos o sexuales, porque no hay nada de lo que avergonzarse.

Y ahí es dónde me gustaría señalar algo que va más allá de los aspectos meramente jurídicos o políticos. Me gustaría hacer hincapié en la dimensión humana y social de este paquete de medidas legales que va desde el Matrimonio Universal y el reconocimiento a todas las familias hasta la Ley de Identidad de Género y el reconocimiento de todas las personas... tal como son.

Me gustaría terminar hablando de orgullo. Orgullo como la ausencia de vergüenza. Orgullo de formar parte de una ciudadanía mejor, en condiciones de plena igualdad de dignidad y derechos, sin menoscabo de la diversidad y circunstancias.

Hoy —insisto—, hoy España es un país más decente, porque ha sabido reponerse del prolongado y fatigoso peso de la oscuridad; hoy España es un país más decente, porque de la mano de Zapatero, Montón, López Aguilar y Llamazares hemos asistido a un hito histórico equiparable al de la Abolición de la Esclavitud por Castelar, Sagasta y Cánovas; un hito similar al de la aprobación del Sufragio Universal por Campoamor, Kent, Besteiro y Azaña.

España es hoy una referencia mundial —latina, mediterránea y europea— en materia de derechos civiles. Un país mejor, más digno, ecuánime y seguro.

Gracias por ello. Gracias a quienes lo hicieron posible: desde el más humilde votante antimilitarista, hasta la más erudita asesora parlamentaria. Gracias... desde el más sencillo militante progresista, hasta la más anónima y abnegada activista LGTB.

Gracias por velar por —y hacer valer— el respeto a las minorías, porque toda mayoría está hecha de multitud de minorías individuales... reducidas en número, pero iguales en dignidad y derechos.

Gracias por ello. Sigamos adelante.

Buenas tardes.


Jaume d'Urgell
jaume@durgell.com
http://jau.me
____
Universidad de Salamanca, 30 de septiembre de 2010.