Estamos acostumbrados a que el día después de cualquier contienda electoral la mayor parte de líderes políticos comparezcan en rueda de prensa para aportar su particular visión de los resultados, ofreciendo siempre una visión que oscila entre el triunfalismo de los claros vencedores, hasta el malabarismo de los demás. Rara es la vez en la que alguien decide romper tópico, y asume las responsabilidades a título particular, o dibujando un horizonte de seriedad y compromiso frente al electorado.
Catalunya es una de las pocas comunidades autónomas donde se presenta un panorama electoral diverso, que huye del terrible bipartidismo de titanes que predomina en demasiados lugares, y ofrece una mayor pluralidad que beneficia el juego democrático, reduciendo la concertación de partidos y añadiendo cierta dosis de imprevisibilidad a los comicios.
A modo de preámbulo, veamos primero el marco estadístico: el pasado 1 de noviembre de 2006, 5.212.444 personas que viven en Catalunya fueron llamados a las urnas, de los cuales 2.959.027 acudieron a votar. La primera consideración, respecto a los comicios autonómicos de 2003, es que la abstención aumentó desde un 37,46% hasta situarse en un preocupante 43,23%. Preocupante… para quienes tengan conciencia política y valor suficiente para encajar esta forma de castigo que, unida a los 60.025 votos en blanco (un 2,03%) y los 13.324 votos nulos (un 0,45%), revela el hartazgo, la desmotivación y/o el rechazo de algo más del 45% de la población respecto de su clase política. Con todo, la participación ha superado el 56%, pero se ha acercado peligrosamente al 50% que muchos países fijan como mínimo para que los comicios se consideren válidos, y eso, diga lo que diga la Ley, debería tener una lectura política.
