MADRID. No es fácil
defender los Derechos Humanos, sobre todo cuando el sentido de la
responsabilidad nos obliga a señalar violaciones que incomodan a los poderes
establecidos, cuando el desempeño de nuestra labor nos lleva a dar voz a las
mujeres y hombres que no la tienen. No es fácil hacer lo correcto, por eso es
importante hacer público reconocimiento de los ejemplos de coherencia personal
en la defensa de los intereses de toda la Familia Humana.
Buenos días,
Es mediodía en punto, la hora en la que los obreros inician sus trabajos.
Os doy la más cordial bienvenida al Ateneo de Madrid, el Templo de la Palabra, de las ideas, la Razón Crítica y el entendimiento entre personas, culturas y pueblos. Un lugar donde no habita el olvido, y en el que —desde hace cerca de dos siglos—, trabajamos al servicio de toda la Familia Humana.
Como sabéis, los premios Nicolás Salmerón de Derechos Humanos toman su nombre de uno de los miembros de esta docta casa: el que fuera presidente del Poder Ejecutivo durante la Primera República Española, cargo al que prefirió renunciar antes de verse obligado a firmar su primera condena a muerte. Un gesto ejemplar, que trasciende el paso de los siglos, las siglas y las fronteras. Un acto de pedagogía democrática, que en nuestros días conserva toda su vigencia.
Nos encontramos pues, en el Ateneo de Madrid, para dar cumplimiento a las tareas que guían nuestra actividad: observar, reflexionar, difundir, denunciar y reconocer.


Hoy,
sábado, 6 de marzo de 2010, algo más de siete décadas después de concluir la
Guerra contra la Población Civil Española, al
Tengo el honor de comunicar que en la
página número 35 del 