Exposición crítica acerca del papel que juegan las grandes centrales sindicales en la lucha contra la catástrofe cotidiana que suponen las condiciones de falta de seguridad laboral. Los muertos están sobre la mesa, y como siempre, nos toca ponerlos a nosotros. ¿Hasta cuándo hay que seguir esperando? Urge tomar medidas: establecer objetivos, planes estratégicos y dar pasos concretos.
PRIMER ACTO: entran a escena José María Fidalgo y Cándido Méndez; quienes evolucionan sobre las tablas con el rostro inexpresivo y movimientos artificiales, sus ojos denotan ese brillo peculiar de cuando dicen “los trabajadores y las trabajadoras”. Superado el leve desconcierto inicial, finalmente se aferran al atril, toman un buen sorbo de agua mineral, colocan sus papeles con membrete impreso a todo color, levantan la cabeza, y aunque no lo ven, entre los focos, ahí está: oír la voz del apuntador de la calle Ferraz, les devuelve la confianza necesaria para superar el pánico escénico —‘parecemos nuevos, joder’, cavila uno de los dos grandes líderes sindicales—.
Superando los silbidos de una parte del respetable, comienza la exposición de un largo informe, plagado de cifras, porcentajes, números y gráficos —que la concurrencia no verá—. El discurso se hace largo, diecisiete minutos esta vez… vaya a ser que alguien diga que no tenemos nada que decir, o que los otros hablan más que nosotros. ¡Diecisiete minutos! Hablando sin decir nada, tratando de no meter la pata, ni olvidar ninguno de los temas clave: no molestar al Sr. Cuevas; solidarizarse con algún asunto de actualidad; abordar la inmigración sin herir a nadie; no hacer declaraciones que puedan afectar a los mercados; utilizar la lucha de la mujer; y por supuesto: recordar muy bien de quien es la mano que te da de comer.
