
En respuesta a las voces de algunos intelectuales que en los últimos días han tratado de justificar los trágicos sucesos ocurridos en Paracuellos de Jarama. No hay ’violencia buena’, no importan las circunstancias, nada justifica un crimen de guerra. Somos muchos quienes sentimos vergüenza y condenamos algo así. Reconocerlo no es hacer concesiones, sino reafirmar nuestro valor.
Con el pretexto y al calor de las efemérides, se publican estos días numerosos ensayos y análisis respecto a lo ocurrido hace siete décadas, cuando una parte del ejército de España traicionó al pueblo que pagaba su sueldo y al que juraron defender, y situó en la jefatura del Estado a uno de los suyos, un militar no-electo, no electo y militar. Situación que por incomprensible que pueda parecer, se ha prolongado hasta la actualidad.
Alguno de estos artículos, se refieren a uno de los hechos más lúgubres de la contienda: la matanza de Paracuellos. La mayoría de estos, entran directamente dentro del subgénero de historia-ficción, revisionismo iletrado cuyo interés último es mezclar y confundir para equiparar a unos con otros en una masa amorfa que actúe como pantalla de humo ante una realidad que se pretende ocultar: que el capital se valió del clero y la milicia para destruir la democracia y a los demócratas.
