El autor nos invita a un pequeño juego de imaginación: un ejercicio irónico —rozando el sarcasmo—, en el que nos propone una serie de situaciones figuradas, con las que trata de siluetear una realidad evidente, pero sin llegar a nombrarla en ningún momento.

Supongamos que existiera un partido político que odiara tanto la Democracia, que aprovechara cualquier oportunidad para conculcar sus valores… forzando la redacción de una Carta Magna en la que el máximo mandatario no fuera elegido periódicamente por el pueblo… imaginemos un partido que no se organizara en base a criterios democráticos, sino que sus líderes fueran nombrados de modo arbitrario y sus decisiones estuvieran presididas por la opacidad, el pensamiento único, y un inconfesable equilibrio entre miedo y ambición. Un partido político cuya fundación enraizara con los herederos de quienes en su día tomaron el poder por las armas, en contra de la voluntad del pueblo expresada en las urnas.

Imaginemos un partido político que se negara a condenar un régimen dictatorial que llegó a encarcelar comunistas, republicanos, homosexuales; llegó a enviar tropas para defender el gobierno de Adolf Hitler; estigmatizaba a las madres solteras; realizó bombardeos aéreos sobre núcleos urbanos desprovistos de instalaciones de interés militar y llegó a prohibir el uso de las lenguas autóctonas… entre otros crímenes de lesa Humanidad.