En el corazón de la meseta se yergue una vasta ciudad de un oscuro y ruidoso gris. Como toda urbe, ésta está llena de prisas intrascendentes, de sueños olvidados y pesadillas al desperece.

Mas no es un pueblo como los demás... la Noble Villa hierve de ambición y pasilleo, de gritos sordos y vidas vanas, al resguardo de unos muros tan sombríos que ni más frugal de los paseantes se detiene a contemplar.

Pongamos que hablo de Madrid; del Madrid de los Austrias y el de los Borbones, que es también el Madrid de las Pérez, los Rodríguez, las Etxebarri, los Puig, las Baeza, los Rachid, Garrido, Chaparro, Regàs, Páez, Gálvez, Hugo y tantos otros además.

Hete aquí que mi Madrid de todos amaneció hoy con un vacío en el pecho, compungido, presa de un hueco que algunos no verán y otros no querrán dejar de ver. Congoja íntima, pesar de sentimiento... nos duele Madrid, como duele ver una maceta vacía... rosal yermo de toda razón.

La ciudad echa de menos a su querida flor de espino, echa en falta sus pétalos de rojo-sangre, el oxígeno de sus verdes hojas, su belleza de contrastes y —sobretodo— echamos de menos su leal rebeldía, su compromiso hacia los oprimidos y su coherencia intelectual... arcano ingobernable, mitad talento, mitad pasión.