No deja de ser curioso
que, en un país donde la expresión “Fiesta Nacional” lo mismo significa el Doce
de Octubre, que una vil matanza de toros, no se oigan más voces críticas, que
se atrevan a decir: “¡Alto! Esto no está bien. España es otra cosa. ¡Bajad las
armas! ¡Viva la democracia!”, y pongamos proa hacia la Utopía, empezando con un
adiós a las armas.
Os voy a contar todo lo que me pasa: sucede que una vez más, con motivo de la celebración del Día Nacional de España, volveremos a presenciar un gran desfile militar. Una parada tan intensa, extensa y colorida –ríanse ustedes de la Manifestación de los Orgullos–, por fuerza habrá de contar con amplia cobertura mediática, a la que –por descontado– no faltarán las cámaras de nuestro Ente Público, ni los escribas, locutores y tertulianos de la Villa y Corte, prestos a garantizar que el estruendo de las botas alcance hasta el más recóndito confín de la nación de los no nacionalistas.
Una vez más, sobre nuestras cabezas indefensas y frente al rostro seco de Castilla, decenas aparatos concebidos para cumplir amenazas de muerte, hollarán los cielos de Madrid, reverdeciendo la infamia que otrora violara el vientre de nuestras madres; el dolor que todavía humedece los ojos de nuestras abuelas y esa falsa hombría –preñada de ignorancia–, que anida en la presa fácil de los mismos uniformes, idénticas banderas y la misma cabra: pomposa y ridícula, maldita… e inocente.
