Estas no serán unas palabras fáciles. Sé bien que horas después de escribir esto, perderé algunas decenas de ‘amistades digitales’, y creedme si os digo que lo lamento, pero lamentaría más avergonzarme de mi silencio, por lo que no me queda otra alternativa que decir las cosas como son.
Hay noticias que incomodan al poder establecido; verdades que —aún siendo ciertas—, producen desasosiego en la vista y el oído de algunos políticos malacostumbrados a moverse únicamente en el terreno de lo “plausible”.
Una de esas noticias, recientes, públicas e irrefutables, es la reforma de la Ley de Extranjería acometida esta semana en España: una reforma antihumana, ignominiosa y de un flagrante carácter injusto: contraria a la letra y el espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, opuesta a la Constitución y al sentido común… pero Ley, a fin de cuentas.
Con franqueza: no comprendo cómo la policía de un país que tiene a un inmigrante en la Jefatura del Estado, se dedica a organizar monterías de seres humanos en el centro de su capital administrativa; no entiendo cómo puede alguien pretender que una persona trabajadora nacida más allá de unas líneas que son mentira, no merece ser atendida por la Sanidad Pública; no entiendo cómo un país de emigrantes puede odiar a los inmigrantes; no logro entender por qué, muchas administraciones públicas fomentan la aparición de guetos, la falta de integración y la estratificación de la sociedad en base a criterios ultrajantes para la conciencia de la humanidad.
