Reflexión introspectiva sobre el hecho de tomar la decisión de cortar la vida para continuarla en otro lugar. Emigrar, una vivencia cada vez más común, con un enfoque que muchos se resisten a observar desde otros ángulos. Europeos burgueses, con la empatía bloqueada por una comodidad fruto del sufrimiento de otros.

Lo de dejar atrás el barrio donde naciste, familia, amigos y todas esas caras, no fue ninguna sorpresa, es decir, si no lo has pensado antes, terminas por darte cuenta justo en los primeros días, o como mucho al par de meses —cosas del ajetreo, ya se sabe—.

Lo peor sucede al cabo de algunos años —diez, por ejemplo—, cuando un día llegas a casa, conectas tu ordenador, te pones a buscar imágenes y ahí están: las mismas fiestas patronales y los mismos carnavales, repetidos hasta el mar… los mismos niños, que hoy exhiben barba cerrada; y enormes edificios en el lugar donde jugábamos de verdad o me escondiera entre las cepas, arañando algún racimo a contraluz.